HISTORIA DE LA PARROQUIA

A comienzos del siglo XVIII, Pozuelo, era una localidad de 1200 habitantes perteneciente a la jurisdicción de Peñas de San Pedro, a cuya parroquia también se subordinaba. Por entonces, tenía una pequeña iglesia tan arruinada que apenas podía prestar los necesarios servicios religiosos a su población. Se situaba en el camino real que comunicaba Alicante y Cartagena con Madrid, emplazamiento que le obligaba a acoger habitualmente a una elevada población transeúnte, lo que suponía ser también un inconveniente añadido, pues el viejo templo resultaba insuficiente. De dicho argumento se sirvieron los vecinos para apelar al Cabildo de Cartagena en demanda de ayuda y medios con que poder levantar la planta de una nueva Iglesia. Las peticiones fueron constantes a lo largo del mencionado siglo y, a pesar de las buenas intenciones manifestadas por diversos prelados, la carencia de medios no permitió llevar adelante el proyecto.

En 1772, estando vacante la sede episcopal tras la muerte del Obispo Don Diego de Rojas y Contreras, el Visitador Apostólico Don Melchor Carrión y Guzmán autorizó trasladar el culto a la cercana ermita de San Francisco por el estado ruinoso de la Iglesia. El mencionado oratorio era la sede de las Cofradías de la Sangre de Cristo y Ánimas y tuvo que suplir durante muchos años a la parroquial en los servicios de culto.

Las peticiones dirigidas a conseguir el levantamiento de un nuevo templo fueron desoídas constantemente. Esta situación trajo consigo un creciente descontento en el vecindario, hasta que el 5 de abril de 1774, estando de visita en Pozuelo el notario y presbítero de la villa de Peñas de San Pedro Don Antonio Sánchez Andujar, un grupo de vecinos representando a toda la comunidad y encabezados por su párroco Don Juan Sánchez Andujar y los hacendados locales se presentó ante el mencionado eclesiástico para que hiciera constar sus peticiones ante el Obispado y se avivasen las diligencias dirigidas a permitir las obras de una nueva iglesia. Acompañaban a su petición el compromiso de contribuir al levantamiento del templo con peonadas, limosnas y otros fondos. También se convino que algunas familias levantarían con sus propios medios cinco capillas en las que poder enterrarse. Las capillas debían ir levantándose conforme lo hacía la planta de la iglesia con el fin de economizar gastos.

La petición fue atendida favorablemente por el nuevo titular de la Diócesis, Don Manuel Rubín de Celis, que en su visita pastoral, el 29 de abril de 1774 dictaba un decreto por el que daba licencia al párroco para sacar a pública subasta y remate la obra. Inmediatamente se procedió a la demolición de la vieja iglesia y sobre su solar comenzó a levantarse la nueva planta.

A los pocos años de aprobarse el Plan de Obras comenzaron los inconvenientes, pues la obra emprendida no se correspondía con el dinero disponible y los materiales de construcción pronto escasearon. Cumplidos los cinco años establecidos como plazo de ejecución, la obra no pudo entregarse terminada. La obra realizada presentaba graves defectos estructurales, hasta el punto que amenazaba con venirse abajo. Razón por la que los vecinos elevaron repetidas quejas ante el Obispado pidiéndole ayuda para evitar el desplome total de la estructura. El obispo decidió enviar a Felipe Motilla, arquitecto de la Diócesis, del que el vecindario se quejaba por desatender la marcha de las obras por estar ocupado en los trabajos de la ermita del Santo Cristo del Sahúco. A su vez, el arquitecto se quejaba ante el Gobernador del Cabildo de Cartagena por no recibir el sueldo estipulado. El cruce de informes y acusaciones entre el arquitecto, cabildo, parroquia y municipio desembocó en la paralización de la obra por orden del Obispado.

En los años siguientes, los vecinos solicitaron en repetidas ocasiones que se continuase con la obra, petición que parecían desoír las autoridades diocesanas. Por ello, el 11 de marzo de 1785 el vecindario en bloque representado por miembros de algunas familias acomodadas decidió acudir ante el Consejo de Castilla pidiendo una solución justa. El Consejo de Castilla, en numerosas ocasiones, dictó sentencias dirigidas a que el Obispado se hiciera cargo se sus responsabilidades económicas y contribuyese al levantamiento de la Iglesia con el dinero correspondiente a la parte de los diezmos.

Finalmente, el 31 de enero de 1793, el Alto Tribunal sentenció definitivamente a que las partes se pusieran de acuerdo. Este acuerdo llegó el 1 de mayo de 1800, asumiendo el Cabildo una parte del coste de las obras. La nueva situación permitió continuar con las obras que tanto tiempo habían permanecido paralizadas.

Las obras concluyeron en 1810, siendo por entonces su párroco Don Bernabé Pérez. El 11 de marzo de 1810, el párroco bendijo la nueva iglesia, trasladó en procesión el Santo Sacramento desde la casa del Mariscal de Campo Don Jerónimo Moreno Frías, donde se hallaba desde 1772, y celebró la primera misa.

La iglesia debió quedar construida aproximadamente así: Planta de cruz latina, cuerpo corto de tres naves con tres tramos (la nave central casi el doble de ancha que las laterales y con considerable mayor altura), naves laterales sin capillas, nave del crucero amplia y alta con brazos que no sobresalen en planta, crucero de gran diafanidad espacial y cabecera formada por una única capilla de planta rectangular. En uno de los espacios laterales situados en los ángulos de la cabecera se hallaría la sacristía que tenía acceso al presbiterio.Vista fronto-lateral de la Iglesia

Todo el interior se hallaba articulado por pilares compuestos con las caras a la nave central, ornados de pilastras con capiteles de volutas enlazadas por un ancho y corrido entablamento de piedra que siluetea la cruz latina que conforman la nave principal, los brazos del crucero y el presbiterio.

El sistema de iluminación estuvo formado por grandes ventanas semicirculares abiertas en el presbiterio, en ambos brazos del crucero y a los dos lados del tramo central de la nave principal y un óculo ovalado situado a los pies de la iglesia, sobre la puerta de acceso. Los ventanales de los brazos del crucero y del presbiterio se abrieron en el centro de la base de amplios arcos de medio punto ciegos que rompen la monotonía de los grandes lienzos murales, convirtiéndose la combinación de arco doblado al ventanal en uno de los aspectos más representativos del templo.

Tenía dos puertas de acceso, una en la fachada de los pies y la otra en el brazo del crucero, del lado del Evangelio; ambas de piedra resuelta con arcos adintelados aliviados de peso por sendos arcos de descarga hechos de ladrillo.

Aunque en 1810 pudo abrirse la Iglesia al culto no tardaron en verse las grandes deficiencias que presentaban aquellos improvisados arreglos. Las deficiencias estructurales debieron ser importantes, pues a lo largo de la primera mitad del siglo XIX, la cubierta de nuevo comenzó a bascular con el natural sobresalto del vecindario y tuvo que hacerse un retoque general entre los años 1816 y 1830.

A mediados del siglo XIX, el deterioro del edificio era ya tan preocupante que los fieles dejaban de asistir a los oficios religiosos temerosos de que la bóveda se viniera abajo. En noviembre de 1862, el párroco elevó una angustiosa petición al prelado de Murcia urgiéndole a reparar la iglesia con la mayor premura, pues la asistencia al culto resultaba ya un peligro, además de que la situación quedaba empeorada al no poderse contar tampoco con la ermita, que estaba en tan mal estado como la parroquial.

El 19 de enero de 1863, el Obispo de Cartagena mandó al párroco que se pusiese en contacto con el arquitecto de la Diputación Provincial Don José María Prado para que ambos estudiasen un proyecto de obras. La primera impresión del arquitecto fue que era muy urgente proceder a los arreglos oportunos inmediatamente aunque, una vez más, las carencias económicas y las formalidades administrativas volvieron a retrasar las obras. Retraso que motivó que la noche del 1 al 2 de junio de 1864 se hundiera la bóveda de una capilla y el 13 de julio de 1866, la techumbre. Con el templo casi totalmente hundido, no se pudo proceder a la subasta de las obras, al resultar insuficiente el presupuesto por exceder los daños a los que inicialmente se pretendía hacer frente. En los años siguientes continuaron presentándose repetidas solicitudes ante el Gobierno de la Nación. Agotadas todas las posibilidades el Obispado de Cartagena comunicó al vecindario de Pozuelo que se reparase el templo con la cantidad asignada y se hiciese con ella hasta donde se pudiese.

Tras su hundimiento y ante la falta de medios para reconstruirla totalmente la iglesia se reparó perdiéndose casi por completo su interés artístico. El templo se redujo al cuerpo de naves, cerrándose la nave central por el arco toral de entrada al crucero y las laterales por los arcos de comunicación con los brazos de la nave del crucero. El crucero pasó a ser el patio de luces y distribuidor de las entradas a la serie de dependencias auxiliares que se edificaron en la restante mitad del brazo, presbiterio y antigua sacristía.Vista lateral de la Iglesia

Las naves laterales quedaron cubiertas, quizás se conservaron las anteriores, con bóvedas vaídas, y la central con bóveda de cañón sobre arcos fajones, todo de yeso, tan rebajada que las ventanas que antes iluminaban la nave se convirtieron en la entrada a las falsas de la cubierta.

Tal vez por entonces se levantó el campanario. Su construcción sobre el primer tramo de la nave del Evangelio es lo que seguramente obligó a macizar los arcos, mermando con ello el espacio útil de la iglesia.

Las obras de reparación de la Iglesia quedaron terminadas en el primer semestre de 1895 y en mayo, su párroco Don Santiago Sevilla recibió la autorización para bendecir el templo del entonces Obispo de la Diócesis Don Tomás Bryan Livermore.

Después de la pasada guerra civil, la torre, que amenazaba ruina, fue demolida y en su lugar se levantó la actual.

Recientemente la Iglesia ha sido remodelada por los arquitectos Enrique Garví y Fernando Moro. Lo más destacado de esta reforma ha sido la construcción de una capilla que prolonga el fondo del presbiterio a costa de la reducción del patio resultante del antiguo crucero. A esta capilla se la ha dotado de un sistema de iluminación natural mediante vidrieras que resuelve, en parte, la oscuridad en que había quedado el templo.