“Pensamos como los hombres, pero no como Dios”, porque:

Tenemos casas más grandes, pero familias más pequeñas,
tenemos más comodidades, pero menos tiempo,
tenemos más conocimientos, pero menos sabiduría,
tenemos más expertos, pero menos sentido común,
tenemos más problemas, pero menos soluciones.
Gastamos más y disfrutamos menos,
codiciamos demasiado y no somos tan felices,
vemos mucha tele, pero apenas reflexionamos.
Hemos multiplicado nuestras posesiones, pero hemos reducido nuestros valores.
Hablamos demasiado, pero escuchamos poco. La vida es corta
Tenemos muchas cosas, pero no las disfrutamos.
Cuidamos las cosas, pero utilizamos a las personas.
Nos gusta la verdad y mentimos con frecuencia.
Hemos aprendido a “buscarnos la vida”, pero no a vivir.
Hemos añadido años a nuestra vida, pero no vida a nuestros años.
Tenemos edificios más altos, pero ideales más bajos,
autopistas más anchas, pero mentes más estrechas.
Pensamos que tenemos cosas y las cosas nos tienen a nosotros.
Tenemos más redes sociales, pero menos comunicación y diálogo.
Hemos conquistado el espacio exterior, pero no el interior.
Escribimos más, pero leemos menos.
Hacemos muchos planes, pero no los cumplimos.
Tenemos más prisas, pero nos falta paciencia.
Tenemos más cosas, pero menos valores,
más información, pero menos conocimientos,
más cantidad de cosas, pero de menos calidad.
Tenemos hombres más altos con mentes más bajas.
Tenemos más diversiones, pero abunda el aburrimiento.
Tenemos más alimentos, pero peor nutrición.
Tenemos más ingresos, a la vez que más divorcios.
Tenemos casas más arregladas, pero más hogares rotos.

Y nos preguntamos: “¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo, si se deshumaniza y no es feliz?